Ser profesional de las artes marciales o cinturón negro no te convierte en arma blanca

Ser profesional de las artes marciales o cinturón negro no te convierte en arma blanca

La práctica de los deportes de contacto han experimentado un crecimiento realmente importante en los últimos años y son muchas las dudas que surgen en relación con la utilización de esos conocimientos fuera del tatami.

Por Eloy Sánchez Palacio, | Abogado

Todos los que practicamos artes marciales hemos escuchado en numerosas ocasiones como algún amigo o familiar nos decía que éramos “armas blancas” cuando obteníamos un cinturón negro, como si en vez de un cinturón, nos diesen dos espadas. Esta leyenda, como la de los unicornios, tiene algo de realidad y mucho de fantasía.

Un arma blanca es aquella que puede ser empuñada y utilizada en el cuerpo a cuerpo y que tiene cierta capacidad para lesionar al contrario. Entiendo que de esa definición se ha podido malinterpretar que tus propias extremidades podrían ser utilizadas como un “arma blanca” en una pelea puesto que se desarrolla cuerpo a cuerpo. Nada más lejos de la realidad. En el código penal no existe ninguna referencia que conecte las armas blancas a los cinturones negros ni a las artes marciales.

Realmente ser cinturón negro lo único que hace es presuponer que tienes un conocimiento extraordinario de un arte marcial, pero ello no conlleva de forma automática absolutamente nada ya que puede ser que esa práctica la dejases de ejercer hace muchos años y ya no seas capaz ni de levantarte del sofá. Lo realmente importante aquí es que esa pericia sea aplicada en la actuación delictiva.

También hay que advertir que tener un amplio conocimiento de un arte marcial es una cualidad como muchas otras que tenemos las personas y que deberá ser tenida en cuenta cuando proceda, porque habrá muchos casos en los que sea completamente indiferente a efectos jurídicos.

Para analizar el la consecuencia que pueda tener esto en la práctica es importante efectuar una diferencia entre la comisión de un delito, como puede ser iniciar una pelea, una agresión sexual, etc…y la llamada legítima defensa, que se define como la realización de una conducta antijurídica pero sin responsabilidad penal. En otras palabras, poder cometer un delito sin ser castigado por ello.

En el primer caso, si el delincuente realiza una conducta antijurídica en la que se beneficia de ese conocimiento, podrá sin ningún género de dudas aplicarse la agravante de superioridad recogida en el artículo 22.2º del Código Penal. Éstas se denominan agravantes porque la pena que le corresponde al delincuente es mayor (se agrava) que si hubiese cometido el delito sin realizarlas.

La Jurisprudencia ha definido el abuso de superioridad cuando “una eventual defensa de la víctima queda ostensiblemente debilitada por la superioridad personal, instrumental o medial del agresor, que se ve por ello asistido de una mayor facilidad para la comisión del delito.”

Es evidente que una persona con cinturón negro, competidor o practicante de un arte marcial, tiene una facilidad fuera de lo normal para realizar determinadas actuaciones delictivas. Pongamos un ejemplo: Pensemos en una persona que comete una agresión sexual a una desconocida. Éste es cinturón negro de jiujitsu por lo que procede a inmovilizarla sin esfuerzo y puede defenderse con total garantía. Parece poco cuestionable que ha utilizado sus conocimientos en las artes marciales para la ejecución del delito.

Para poder analizar si concurre esta agravante habría que valorar básicamente dos requisitos:

– El requisito objetivo donde se trata de acreditar la situación de superioridad del agresor frente a la víctima, que como hemos señalado en el ejemplo, se cumpliría con ese conocimiento por encima de la media del arte marcial que le permite ejecutar el delito con más facilidad.
– El requisito subjetivo que valora el que el agresor conozca de su superioridad y la utilice adrede para cometer el delito, que también ocurre en el caso señalado.

En el supuesto de la legítima defensa, se te permite ejecutar una conducta que en principio es antijurídica pero sin ningún tipo de consecuencia penal. La Ley te permite defenderte pero con ciertos límites. Uno de los requisitos para apreciar que esa defensa que se ha ejecutado de forma correcta es la proporcionalidad. La proporcionalidad a menudo suele confundirse con la igualdad, y esto no es así.

Pongamos el ejemplo de una agresión en la discoteca pero ahora el experto en artes marciales es el agredido. Si el agresor le ataca por sorpresa y le propina 3 puñetazos, la proporcionalidad no es la devolución de otros tres puñetazos, sino que el atacado se defienda de la manera más adecuada para repeler la agresión. Así, si el agredido por sus conocimientos sabe perfectamente que con una inmovilización podría impedir esa agresión, no puede defenderse con dándole una paliza al agresor.

Por lo tanto, también tiene importancia a la hora de analizar si concurre la eximente de legítima defensa la pericia sobre las artes marciales que tiene el que se defiende, pues se le debe presuponer que por sus propias facultades, el nivel de proporcionalidad con el que actúe no puede ser el mismo que una persona con esa carencia.

Concluyendo, como dice D. Roberto Iniesta, “como buen guerrero sólo tengo miedo”, y es que ser conocedor de artes marciales no otorga de forma automática el grado de arma blanca, pero es una cualidad que debe ser tenida en cuenta porque esos conocimientos, mal utilizados, pueden conllevar unas penas más graves que las previstas para el común de la gente.

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